La Noche de los Halcones: los Óscares de la lucha libre mexicana

Hoy voy a platicarles acerca de La Noche de los Halcones, petición de Daniel Luna y Víctor Hugo Lr (la foto de Perro Aguayo no se ve muy bien, pero es para ti, amigo). Bien, les decía. Héctor Valero creó la entrega de premios de la lucha libre mexicana por excelencia que se llamó La Noche de los Halcones, espacio destinado a premiar a lo mejor de cada año de ambas empresas, EMLL (Hoy CMLL) e Independientes, así como las arenas antes llamadas chicas, Tlanepantla y Naucalpan, hoy convertidas en las grandes.

Contaba Valero que allá por los setenta y tantos se le ocurrió hacer la primer fiesta cuando Los Tigres del Norte comenzaban su carrera. Algo así me platicó, el punto es que los llevaron a la fiesta y aquello se salió de control, puesto que también invitaron boxeadores y al final nadie ponía atención a la premiación de los luchadores que era lo importante y lo bueno. De allí para adelante se propuso a sí mismo jamás volver a repetir semejante combinación. Es decir, grupos exitosos, boxeadores y luchadores juntos, jamás.

Siempre apoyado por Martha Valero, su hija, Héctor realizó las mejores y más elegantes fiestas, en lujosos salones de Acapulco y la CDMX. Precisamente allá en el Hotel Presidente coronó a Martha como Reina de la Lucha Libre. Para más amplia información respecto de las reinas, pueden ir a esta página de Critico Luchistico, allí lo abordo de manera mas extensa.

Bueno, siguiendo con La Noche de los Halcones, a mi me tocó a partir de 1985 en el salón Plaza Santa Cecilia, el lugar de música regional mexicana más importante en aquellos ayeres. Su propietario, don Jaime Fernández (el actor), tenía bajo la gerencia del salón-restaurante al hermano de Jesús Brito (El Dr. O’Borman) y a éste como encargado de la seguridad. Así fue que Valero, al ser amigo de Brito, logró la conexión para celebrar la fiesta en ese lugar.

Tenía Valero que ir a afinar todos los detalles de la fiesta y yo, como andaba de aprendiz, pues ahí me pegué. Aquella noche fuimos a Santa Cecilia y la variedad estelar de la noche era nada menos que Julio Alemán, guapísimo en persona. Llegó ataviado con un elegante smoking y de la mano su señora esposa, una distinguida, guapa y delgada mujer, con aquel dulcísimo perfume con olor a durazno. Para ser honestos nunca la vi aplaudirlo, ella mas bien se la pasaba muy entretenida con su libro.

La siguiente noche regresamos y entonces conocí al señor Fernández, su oficina un salón que combinaba elegantes sillones de piel en color miel, equipales y varias cabezas de animales de caza. Un señor amabilísmo que tomaba coñac en copa globo y todo, giró instrucciones para que nuestro evento se llevara a efecto por todo lo alto. Por cierto aquella noche conocí a Toño Peña, joven, delgado y con libros en mano, estaba en el estacionamiento platicando con aquel señor réferi “El Vale” (¿Alguien lo recuerda?), él se encargaba de cuidar los autos en el estacionamiento del Santa Cecilia.

La tercera noche que volvimos para hablar con Brito sobre el menú, noté un inusual movimiento, muchos autos lujosos, policias, gente trajeada en las puertas, etc. Allá a lo lejos, en el centro de las mesas de pista, divisé un vasto grupo de personas cenando y bebiendo (dijeron que era el Negro Durazo). Esa misma noche, mi instinto periodístico (o sea, víbora que es una) me hizo darme cuenta que Julio Alemán cambió la compañía de la esposa por la de una jovencita igual de guapa y alta, solo que menor unos 40 años. Si hubiera existido TV Notas, me hubiera ganado una feriezota con ese chisme. 🤣

Pero bueno, volviendo a lo nuestro. Las Noches de los Halcones se caracterizaban por dos cosas. Primero, los luchadores no compraban su trofeo como en otro tipo de premiaciones ocurría. Se lo ganaban a pulso. La gente en realidad votaba (ya les contaré sobre eso) y hacía ganar a sus favoritos. Segundo, se les invitaba y ellos acudían siempre, no faltaba nadie, a menos claro que fuera por causas mayores. Todos vestian sus mejores galas. Los más elegantes siempre eran El Solitario, Mil Máscaras, cuentan que una vez llegó El Perro Aguayo recién bajado del avión de Japón, super elegante y su señora esposa vestida con un kimono precioso. Años después a mi me tocó ver llegar al Centro de Convenciones de Acapulco a Fishman y Lola Gonzalez, espectaculares, como figuras del jet set. Literal.

Los Brazos, El Hijo del Santo, Los Misioneros de la Muerte, arrasaban con todos los trofeos. Valero era justo nombrando a los novatos del año, se contaban sus logros. Máscaras, cabelleras, campeonatos, defensas, taquilla, todo todo contaba a la hora de nombrar al ganador. Silver King, Universo 2000, entre muchos otros obtuvieron su “Halcón” luego de su primer año de trabajo.

Convivían el pan y la sal, brindis y jamas se dio mala nota. Era una noche maravillosa para luchadores y luchadoras, las empresas se hermanaban esa noche, era común verlos sentados coliseínos e independientes, sin ninguna diferencia. Realmente aquello era una gran familia reunida. Fueron muchos años en los que Héctor Valero logró un festejo tan magno como La Noche de los Halcones, siempre imitada, jamás igualada, fuera en Santa Cecilia o en Acapulco.

La última fiesta la celebró don Héctor para el Diario ” La Afición” cuando ya estaba él ahí, hacia 1991, coronando como Reina Nacional de la Lucha Libre a Perla Sánchez Gómez.

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